jueves, 24 de julio de 2014

¿Por qué tiene la ballena tan singular garganta?

Hace ya mucho tiempo, hijo mío, hubo en el mar una Ballena que se alimentaba de peces. Comía estrellas de mar, cangrejos, pargos, huachinangos, dorados y calamares, sin olvidar la onduladísima anguila. A cuantos peces encontraba en el mar los devoraba con la boca abierta... ¡Así! Hasta que, al fin, sólo quedó en los mares un pececillo solitario, el cual era astuto de veras, y empezó a nadar detrás de la oreja derecha de la Ballena, de modo que no corría ningún riesgo.
Hasta que un día se irguió la Ballena sobre su cola y exclamó:
–¡Tengo hambre!
Y el pez pequeño y astuto dijo, con una vocecita astuta de verdad:
–¡Oh noble y generoso cetáceo! ¿No has probado nunca el hombre?
–No –contestó la ballena– ¿A qué sabe?
–Está muy rico –dijo el pececillo astuto–. Es muy sabroso, aunque algo duro.
–Siendo así, tráeme algunos –dijo la Ballena. Y dando un coletazo, levantó un penacho de espuma.
–Basta con uno cada vez –dijo el pez astuto–. Si vas nadando hasta la latitud de 50º Norte y la longitud 40º Oeste (esto es cosa de magia), encontrarás a un marinero náufrago, sentado en una balsa, en medio del mar. Sólo lleva unos pantalones de lona azul, unos tirantes (no olvides esto de los tirantes, hijo mío) y una navaja marinera. He de prevenirte que es hombre de infinitos recursos y de extraordinaria sagacidad.
Así pues, la Ballena se fue nadando, nadando, hasta alcanzar la latitud 50 grados Norte y la longitud 40 grados Oeste y en efecto, sentado en una balsa, en medio del mar, llevando sólo unos pantalones de lona azul, unos tirantes (acuérdate especialmente de los tirantes hijo mío) y una navaja marinera, vio a un marinero náufrago que se refrescaba en el agua la punta del pie. (Había pedido permiso a su madre para mojarse los pies un poquito; de lo contrario no se habría atrevido a hacerlo, pues era en extremo avisado y sagaz).

¿Se imaginan, un marinero que tiene que pedirle permiso a su mamá para mojarse los pies? Qué locura. Y no supimos por qué la ballena tiene la garganta como la tiene... ¿Ustedes piensan quedarse con la curiosidad? Yo no. Así que voy a tener que conseguir el libro.
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Rudyard Kipling, “¿Por qué tiene la ballena tan singular garganta?” en Precisamente Así. México, SEP-Juventud, 2002.
Lectura con 378 palabras
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lunes, 23 de junio de 2014

La última vida de un gato

Aquel sábado de luna llena, al joven gato llamado Toñete se le antojó que era una noche ideal para echar relajo. Fue a visitar a su amigo de juergas, el viejo gato llamado Chilaquil. Lo encontró tirado en el tapete persa de la tibia sala donde vivía con sus amos.
Lo despertó de un mordisco en la cola. Chilaquil saltó de susto, creyendo que era un perro, pero al ver a Toñete muerto de la risa, lo correteó por debajo de las sillas hasta atraparlo entre sus garras.
–¡Menso! –lo zarandeó–. ¿No comprendes que me pudo haber dado un paro cardiaco?
–Volverías a nacer –dijo Toñete. ¿Ya no te acuerdas que los gatos tenemos siete vidas?
–Yo ya no –le soltó Chilaquil y se trepó en el respaldo de un sofá, sumamente agobiado.
–A mí nada más me queda una.
Al Chilaquil le gustaba mucho ver las telenovelas, por lo que Toñete creyó que estaba actuando. De un brinco se sentó a su lado, en el cojín del sofá.
–¿Qué tal te caerían unas sabrosas tripas de gallina? –le preguntó lamiéndose los bigotes. Ayer que andaba de vago, descubrí una pollería con un agujero en el techo. Nomás es cosa de hacernos flaquitos para caber. Vamos, no te vas a arrepentir. Queda a unas cuantas azoteas de aquí.
– No, gracias, si algo me sobra es comida. –respondió el veterano gato. Se dirigió al refrigerador y lo abrió con el hocico. Había todo lo que hay en el mercado.
– Lo sé –gruñó Toñete–; pero el chiste no es llenar la buchaca, sino correr una aventura. A lo mejor nos topamos con unos ratones y los perseguimos, como si fuéramos judiciales y ellos ladrones. ¿A poco a no te gustan las emociones fuertes?
– Ya no, desde que hoy me puse a hacer cuentas y resultó que sólo me queda una vida.
– ¿No habrás sumado mal?
– ¡Ni que fuera burro, soy gato! –afirmó con orgullo Chilaquil. Luego, la cara se le alargó–. Si llegará a perder esta vida que tengo, moriría para siempre.
Así como sus amos les invitaban a sus visitas una taza de café cuando platicaban de temas importantes, Chilaquil le invitó a Toñete la leche que él no había probado.
–Ahora que estás muchacho y no has perdido ninguna vida, deberías recapacitar –le dijo–…
–Tú hablas así porque ya estás ruco –replicó Toñete–; pero yo soy un gato jovenazo y con cierto pegue con las gatas chavas. Si hubiera perdido ya alguna vida a lo mejor te hacía caso pero tengo mis siete vidorrias bien enteritas…
A Chilaquil le dio lástima que se expresará de esa manera. No lo contradijo por no discutir. Sólo le hizo una invitación.
–Mañana voy a ir con mis amos de día de campo. Ellos ya te conocen y se sentirían felices de llevarte. Vamos, así ya tendría con quien ir maullando.
–Se te agradece… pero yo soy un gato de grandes aventuras –presumió Toñete encaminándose a la ventana abierta…
Al día siguiente, Chilaquil despertó con el ir y venir de botas y tenis que pasaban a su lado… En el cielo blanquecino brillaba un sol dominguero.
Chilaquil se disponía a ocupar su lugar en la cajuela, cuando sus japoneses ojos se toparon con la maltrecha estampa de Toñete. Apenas sí podía cruzar la calle, todo revolcado, con el pelambre tieso de sangre seca.
–¿Qué te pasó? –se adelantó Chilaquil a saludarlo– ¿No me digas que te explotó el boiler?


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Fidencio González Montes, “La última vida de un gato” en La última vida de un gato y otros cuentos. México, SEP-Castillo, 2003.
Lectura con 580 palabras
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jueves, 19 de junio de 2014

El pizarrón encantado

Portada del libro
Adrián estaba de vacaciones y jugaba a la pelota con sus amigos en el callejón. A veces metían gol, a veces rompían una ventana, así como ahora que se asomó a gritarles un profesor barbudo y Adrián llegó a su casa muy aprisa, sin aire, porque subió cuatro pisos corriendo.
–Ya llegué –gritó, como siempre.
Nadie le contestó. Su mamá no vino de la cocina y de las otras piezas tampoco vino nadie. Adrián prendió la luz, pues empezaba a oscurecer. En la mesa del comedor encontró un papel que decía:
Adrián:
Tu papá está enfermo y tengo que irme con él enseguida. Por más que te busqué, quién sabe dónde andabas. Hijito, pórtate bien. Te dejo cinco pesos para que te vayas a casa de tu tío Austero. Le das la carta que aquí verás. Hijo, pórtate deveras bien, lávate los dientes y acuérdate de decir buenos días.
Muchos besos de tu mamá.
Adrián se quedó leyendo la carta varias veces. Apagó las luces, tomó una maletita que le había preparado su mamá y cerró el departamento con llave.
La casa de los tíos era muy grande, con un portón medio desvencijado. Adrián no alcanzaba el timbre; tocó el aldabón y lo oyó retumbar. El aldabón era una cabeza de perro que se le quedó viendo de mal modo, como diciendo: toca más quedito.
La casa estaba llena de roperos con espejos; tenía más escaleras de lo que parecía necesario y un sótano enorme. También muchos rincones, tinas de baño con patas de animal, selva de plantas en los corredores y un loro malhumorado, el cual gustaba de recitar poesía, pero no lo hacía muy bien y se le revolvían los poemas.
Vivían allí, además, tres gatos amistosos: Pitirifas, Fadrique y Numa. Aceptaban a veces jugar con Adrián y dormían con él por turnos, pues en la noche tenían muchas obligaciones.
Y sucedió así, y aquí viene ya lo más importante y digno de contar: que los gatos jugaban al escondite con Adrián. Y bajaron corriendo al sótano, y se escondieron dentro...
¡De pronto Adrián se fue de boca!... El sótano estaba lleno de cosas curiosísimas: retratos y cuadros, un espejo muy empañado, un ángel manco y sin nariz, varios baúles, sillas cojas, un ropero chueco donde había bastantes frascos raros y retorcidos, con líquidos de colores, y un cucurucho de seda negra, muy viejo, con bordados en oro, de estrellas y lunas; y un pizarrón muy terso, con marco azul, que mientras lo miraba fue poniéndose rojo y luego cambió a morado y a verde. Esto era muy bonito y asombroso. Adrián tomó un gis y pensó escribir algo. ¡Ah¡ ya sé qué...
El pizarrón encantado es un cuento delicioso. Adrián va a escribir GATOS y después va a borrar la G, va a escribir P, y... los tres pobres gatos quedarán convertidos en patos y así descubrirá el niño que el pizarrón tiene poderes y luego... luego ya no les cuento nada, para que busquen el libro y lo lean. Ya después lo comentamos.

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Emilio Carballido, El pizarrón encantado. México, SEP, 1988.
Lectura con 507 palabras
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martes, 17 de junio de 2014

Tesoros del campo en Milpa Alta

Los primeros en descubrir el gran lago rodeado de montañas fueron los animales. Por el aire llegaron las
águilas, los patos, los colibríes y las abejas. Por la tierra, los venados, las ardillas, las víboras, y los coyotes persiguiendo a los tlacuaches. Y por el agua, por los ríos, llegaron los peces y los ajolotes. Y como el clima era tan agradable, el agua tan cristalina, los cielos tan transparentes y todo el valle rebosaba de árboles y flores, los animales se quedaron a vivir allí.
Hasta que un día vinieron los hombres. Al principio eran muy poquitos y los únicos que se dieron cuenta de su llegada fueron los mosquitos que se dieron un atracón. Pero de pronto, empezaron a venir de todas partes, secaron el lago, cortaron los árboles y oscurecieron el cielo. Los animales que pudieron se marcharon, y los demás se fueron acabando.
Sólo las personas que se establecieron cerca de un volcancito apagado que se llama Teuhtli, en las orillas del valle eran diferentes. Les gustaban los animales y las plantas. Y mientras los demás hombres acababan con todo, ellos aprendieron a trabajar el campo, a cuidar los bosques y los lagos, y a respetar a los animales que se quedaron a vivir con ellos. Y como aún conviven con la naturaleza los que viven en ese lugar que hoy se llama Milpa Alta, saben muchos relatos maravillosos que los habitantes de la ciudad ya han olvidado.

El canto de las ardillas
Antes en Milpa Alta no se cultivaba el nopal. El maíz, el frijol y el haba eran los principales cultivos. Los campesinos cuentan que tenían un problema con las ardillas porque se comían los elotes, y aunque mandaban a sus hijos a espantarlas ellas no se iban. Entonces ellos decidieron hacer una canción para pedirles a las ardillas que no se comieran los elotes:

Ardilla, ardillita no vayas a comer
el maicito que acabo de sembrar.
No lo vayas a comer, no lo vayas a comer.
Ya va a llover, ya truena el cielo.
No lo vayas a comer.

Desde entonces, los campesinos de Milpa Alta protegen su milpa de las ardillas cantando esta canción.
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Jaime Beltrán Romero, Tesoros del campo de Milpa Alta. México, SEP-Etnobiología para la conservación, 2006.
Lectura 362 con palabras
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domingo, 8 de junio de 2014

Tus dientes

Tus dientes están recubiertos de una capa protectora de esmalte hecho de carbonato de calcio duro cristalizado. Esta capa de esmalte endurece tus
dientes lo suficiente como para soportar toda una vida de uso y desgaste, pero sólo si los cuidas debidamente, porque, aunque es la sustancia más dura del cuerpo, el esmalte también es vulnerable a las caries.

Para qué son los dientes.
Los humanos somos omnívoros, lo cual significa que podemos comer plantas o animales. La primera serie de 20 dientes de leche será reemplazada y, cuando alcances los 20 años de edad, tendrás un juego completo de 32 dientes definitivos. Los dientes adultos tienen varias formas distintas que nos ayudan a desgarrar, triturar y moler los alimentos.

Los dientes están vivos.
La parte de los dientes que puedes ver está formada de esmalte blanco y duro. Debajo hay un tejido óseo llamado dentina. En el centro de cada diente hay una pulpa blanda en la que están los nervios y los vasos sanguíneos.

Caries de los dientes.
El sarro es una mezcla de restos de comida y bacterias que se forma cada día en los dientes. Las bacterias producen un ácido que se como el esmalte.
La caries ha atravesado el esmalte y llegado a la dentina. El dentista lima la caries y llena el diente con una mezcla de metales que impide que la caries continúe.

Algunas personas llevan alambres para ajustar los dientes y corregir su posición. Es posible que haya que extraer uno o más dientes para evitar que se monten unos sobre otros cuando los dientes traten de ocupar su posición correcta.
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Paul Dawson, Explorar el cuerpo humano ¡un viaje increíble por tu cuerpo! México, SEP-Cordillera de los Andes, 2004.
Lectura con 269 palabras
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sábado, 7 de junio de 2014

La máquina de hacer las tareas

Un día llamó a nuestra puerta un tipo extraño: Un hombrecillo ridículo, algo más alto que dos cerillas. Llevaba, cargada a la espalda, una bolsa más grande que él.

–Aquí traigo aparatos para vender –dijo.
–Enséñemelos –dijo papá.
–Esto es una máquina de hacer las tareas. Apretando el botoncito rojo se resuelven los problemas; el botoncito amarillo es para desarrollar los temas y el botoncito verde sirve para aprender geografía. La máquina lo hace todo ella sola, en un minuto.
–¡Cómpramela, papá! –dije yo.
–Bueno. ¿Cuánto pide por ella?
–No quiero dinero –dijo el hombrecillo.
–¡No trabajará sólo por amor el arte!
–No, pero no quiero dinero por la máquina. Quiero el cerebro de su hijo.
–¿Está loco? –exclamó papá.
–Escúcheme, señor –dijo el hombrecillo, sonriendo–, si la máquina le hace las tareas, ¿para qué le sirva el cerebro?
–¡Cómprame la máquina papá! –imploré–¿Para qué quiero el cerebro?
Papá me miró un instante y después dijo:
–Bueno, llévese su cerebro y no se hable más.
El hombrecillo me quitó el cerebro y lo guardó en una bolsita. ¡Qué ligero me sentía sin cerebro! Tan ligero que eché a volar por la habitación, y si papá no me hubiese agarrado a tiempo habría salido volando por la ventana.
–Tendrá que meterlo en una jaula –dijo el hombrecillo.
–¿Por qué? –preguntó papá.
–Porque ya no tiene cerebro. Por eso. Si lo deja suelto volará hasta los bosques como un pajarillo y en pocos días morirá de hambre.
Papá me encerró en una jaula, como si fuera un canario. La jaula era pequeña, estrecha, no podía moverme. Las barras me apretaban, me apretaban tanto que… Me desperté asustado. ¡Menos mal que sólo había sido un sueño!
Inmediatamente me puse a hacer la tarea.
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Gianni Rodari. Cuentos largos como una sonrisa, Barcelona, La Galera, 2000.
Lectura con 292 palabras
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Una familia numerosa y rica

Pequeñitas, de 5 a 10 centímetros, o gigantescas como la carroza que le regaló a Cenicienta su hada madrina; amarillas, verdes, anaranjadas, cafecitas rosas, casi blancas, rojas; alargadas, redondas,
curvas, achatadas, rectas; de piel lisita y suave, o rugosa y áspera, o con rayas profundas, que les marcan gajos como si fueran mandarinas. Las calabazas pueden ser tan diferentes unas de otras porque pertenecen a una familia numerosa, con más de cien variedades.
Cuenta el cronista Diego de Landa que en América las calabazas se usaban “…para comer asadas y cocidas…, las pepitas para hacer guisados…, ya secas como… recipientes o vasos”.
En efecto, de las calabazas se utiliza todo: pulpa, semillas y cáscara. Con esta última, los niños ahora hacen lámparas el Día de Muertos.
Las calabazas son cucurbitáceas de origen americano y sabor delicioso, entre cuyos parientes están el melón, la sandía y el pepino. En América del Sur tiene otros nombres: zapallitos, las calabacitas tiernas y zapallo la grande. Zapallu es una voz quechua.
Las calabazas son un alimento muy popular en toda América: pueden preparase con crema; rellenas de carne o de queso; en budín o en sopa; en guisado, con alubias y maíz; capeadas; con papas en puré; en dulce, cociéndolas con piloncillo o en trozos; y en muchísimas otras formas, todas exquisitas.
¡Se me hace agua la boca!
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Cristina Carbó et al., “Una familia numerosa y rica” en 501 maravillas del viejo Nuevo Mundo 1. México, SEP-Hachette Latinoamericana, 1994.
Lectura con 224 palabras
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Tajín y los siete truenos II

Vamos a continuar con la historia de Tajín. El muchacho entró a trabajar a la casa de los Siete Truenos, y vio con mucha atención cómo los viejos se vestían para subir a las nubes y provocar la lluvia. El muchacho no se aguantaba las ganas de subir él mismo.


Durante algunos días Tajín fue un ayudante ejemplar. Barría la casa; ponía los frijoles en la olla; traía agua del pozo; trabajaba en la milpa; estaba atento a que las brasas no perdieran su brillo entre las tres piedras del fogón; también cepillaba las botas de las Truenos. Y cada vez que las tocaba le renacía el mismo pensamiento: “Tengo que subir, tengo que subir.”
La soñada oportunidad llegó. Una mañana los Siete Truenos se pusieron sus blancos trajes de viaje y le dijeron a Tajín que debían ir a Papantla, a comprar puros en el mercado.
–No te preocupes, no tardaremos –le dijo el Trueno Viejo, que se había encariñado con el muchacho.
–Antes de que acabe el día nos verás por aquí –dijo otro de los Truenos palmeándole la cabeza.
–Pero no olvides lo que debes hacer –le dijo el Trueno Doble, que no quería parecer blando.
–Pon los frijoles en la olla, porque regresaremos con hambre.
–No dejes la casa sola.
–No te quedes dormido.
–Sobre todo –le recordó el Trueno Mayor–, no permitas que se apaguen las brasas.
Tajín dijo que sí a todo y los Truenos se fueron muy contentos porque ahora sí tenían alguien que los ayudara. Muy despreocupados se fueron a comprar sus puros al mercado de Papantla.
Apenas se quedó solo, Tajín tiró la escoba en un rincón, corrió al arcón de los Truenos y se lanzó de cabeza a buscar unas botas que le quedaran.
En cuanto se hubo vestido, comenzó a subir por los aires. Los primeros pasos le costaron trabajo, pero no tardó en tomar confianza. Comenzó a correr por las nubes. Cada vez que agitaba la capa, soplaba el aire.
“¡Jajay, jajay, jajay!”, comenzó a gritar Tajín, al mismo tiempo que sacaba la espada y comenzaba a girar. Todo el cielo y la tierra y aun el mar interminable se llenaron con la luz cegadora de los relámpagos.
Empezó a bailar Tajín, pero sus pasos no eran acompasados, como los de los Truenos. Entre relámpagos y truenos desataron contra la selva un chubasco violentísimo. No era la lluvia bendita de los truenos, sino una tormenta devastadora.
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Felipe Garrido, Tajín y los Siete Truenos. Leyenda totonaca. México, SEP, 1990.
Lectura con 409 palabras 
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viernes, 6 de junio de 2014

Tajín y los siete truenos I

Tajín es un muchacho maldoso que vive en el Totonacapan, la región de los totonacas, en el norte de Veracruz, y se la vive maltratando a las plantas y los animales. Vamos a leer, en cuatro partes, este mito totonaca, vuelto a contar.

Ese día Tajín andaba con suerte. Al dar la vuelta en un recodo del camino se encontró con un hombrecito de barba cana y grandes bigotes y cejas tan pobladas que casi le cubrían los ojos.
–Buenos días, muchacho. Tú no eres de por aquí –le dijo el anciano.
–Vengo de atrás de la montaña –contestó Tajín.
–Mis hermanos y yo –le dijo el viejo– andamos buscando alguien que nos ayude a sembrar y cosechar, a barrer la casa y traer agua del pozo, a poner los frijoles en la olla y a vigilar que el fuego no se apague. Ven con nosotros.
–¿Quiénes son tus hermanos? –preguntó Tajín.
–Somos los Siete Truenos. Nos encargamos de subir a las nubes y provocar la lluvia...
–¿Suben a las nubes? –exclamó Tajín, que era bastante impertinente y solía interrumpir a las personas.
–¡Claro que subimos! –replicó el hombrecito, molesto de que alguien pusiera en duda sus palabras–. Nos ponemos nuestras capas, nos calzamos nuestras botas, tomamos las espadas y marchamos por los aires hasta que desgranamos la lluvia. ¡Jajay, jajay, jajay!, gritamos entonces.
Tajín era un chamaco curioso y atrevido. De inmediato se imaginó por los aires, haciendo cabriolas entre las nubes. Así que le dijo al anciano que estaba bien, que iría a la casa de los Siete Truenos para sembrar y cosechar, para barrer la casa y traer agua del pozo, para poner los frijoles en la olla y estar atento a que el fuego no se apagase.

¿Cómo seguirá esta historia? ¿Qué se imaginan que sucederá? Vamos a verlo mañana.
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Felipe Garrido, Tajín y los Siete Truenos. Leyenda totonaca. México, SEP, 1990.
Lectura con 305 palabras
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jueves, 22 de mayo de 2014

De nuestro diccionario macabro: vampiros

Pero ¿Han existido alguna vez auténticos vampiros? En cualquier caso, viven desde hace muchos siglos en la imaginación de los humanos, y siguen perpetrando sus sanguinarias fechorías en cientos de películas y relatos.

En principio, los vampiros eran oriundos de Transilvania. Tu profesor, si se lo solicitas con amabilidad, seguro no tendrá inconveniente en explicarte dónde queda esa antigua región de Europa. Pero ellos se han multiplicado y ahora se encuentran en todas las partes del mundo. Son vistos más a menudo en Hollywood en los estudios cinematográficos.
Fallecieron y están enterrados desde hace muchos años, pero no murieron en realidad. No soportan la luz del sol, que podría calcinarlos y reducirlos a cenizas en instante, y por eso pasan el día descansando en las profundas criptas que no reciben ninguna claridad. Les gusta dormir en sarcófagos rellenos de tierra transilvana.
Cuando se hace de noche, salen de sus fúnebres moradas y vagan en busca de alimento. Pero el caso es que no comen y beben lo mismo que nosotros, sino se alimentan de sangre. Por eso muerden al cuello a sus víctimas y les van chupando poco a poco el líquido vital, a cuyo efecto disponen de largos y afilados colmillos.
Se dice que la persona mordida por uno de esos monstruos se convierte a su vez en vampiro, y así se multiplican. Esa persona tendrá que buscar un refugio oscuro en donde dormir durante el día, y saldrá todas las noches de caza para conseguir la necesaria dosis de sangre fresca.
Según la tradición, los vampiros aborrecen el ajo, los crucifijos y el agua bendita. Para matarlos y definitivamente acabar con esa plaga, hay que clavarles una estaca en el corazón, ¡estremece con sólo pensarlo! Porque tienen fuerza sobrehumana, y para clavarles esa estaca hay que penetrar en sus reductos mientras ellos duermen.
Si tú prefieres no tropezarte nunca con uno de esos seres, mejor será que no andes de noche por las calles. Y si quieres colgar en tu habitación un par de cabezas de ajo, seguro que eso no puede hacer ningún daño. Solo, olerá un poco.
Y después de lo que leímos ¿Se animarían para organizar una cacería de vampiros?
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Günther Kienitz y Bettina Grabis, “De nuestro diccionario macabro: vampiros” en Jugando con fantasmas. México, SEP-Oniro, 2004.
Lectura con 365 palabras
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