sábado, 19 de abril de 2014

Don Lalo Malos Modos

Había una vez un comerciante que vivía en un pueblito lejano, tenía una tienda de abarrotes y los vecinos le decían Lalo. Tenía mal genio, no le gustaba platicar con nadie y siempre se enojaba con los niños.

Si un niño iba a comprar galletas o caramelos, se los arrojaba y les gritaba: ¡vete de aquí, ya no me molestes! Cuando mandaban a los niños del pueblo a comprar algo, don Lalo les daba lo que él quería y nunca los dejaba reclamar. Cuando ellos llegaban a sus casas les decían:
–David, ¿por qué no miraste con atención? Te encargué un kilo de frijoles y don Lalo solo te dio la mitad.
–Malena, ¿por qué no miraste con atención? Te encargué un metro de manta y don Lalo te dio la mitad.
Malena, David, y los demás niños del pueblo ya no querían hacer mandados, porque siempre salían regañados por culpa de don Lalo.

Un día, cuando los niños estaban jugando junto al arroyo que venía muy crecido, vieron a un viejito que se estaba ahogando. Se metieron al agua y entre todos lograron sacarlo, lo llevaron hasta la orilla y lo ayudaron a secarse, le dieron su bastón, su sombrero y también su morral.

–Qué buenos niños son ustedes –dijo el viejito. Les voy a dar un premio, pidan un deseo y se los concederé.
–Bueno –contestó David, después de pensar un poco–, aquí en el pueblo el dueño de la tienda nos hace sufrir mucho, por su culpa siempre salimos regañados, pues nos da menos de lo que compramos y nuestras mamás piensan que no ponemos atención.
–Bueno, –dijo el viejito– ¿A ustedes qué les gustaría?
–Que cuando le compremos algo, don Lalo nos dé el doble.
–Así será –contestó el viejito.

Al día siguiente. David fue a la tienda y pidió dos kilos de maíz.
Cuando llegó a su casa, a su mamá le pareció que era mucho maíz y lo pesó. Resultó que eran cuatro kilos de maíz en vez de dos. "No puede ser, don Lalo da menos pero nunca más", pensó la señora y mandó a David a regresar los dos kilos que sobraban.

David fue a la tienda y le dijo a don Lalo:
-Usted me dio cuatro kilos de maíz y me cobró dos. Aquí están los dos que usted me dio de más.
-No- contesto don Lalo -dile a tu mamá que esos dos kilos son de pilón.
David se fue muy contento y le contó a su mamá lo que había dicho don Lalo.

-Qué bueno es don Lalo, te dio un buen pilón de regalo- comentó la mamá de David.
Otro día. Malena fue a la tienda a comprar tres metros de mecate. Cuando llegó a su casa y su mamá vio el mecate, le dijo:
-¡Qué mecate tan largo. Vamos a medirlo!
Y resultó que eran seis metros de mecate en lugar de tres.
-Don Lalo se equivocó y nos dio el doble- dijo la mamá de Malena-. Vé y dile que mida bien.
Malena llegó con don Lalo y le dijo:

-Dice mi mamá que usted midió mal el mecate, que yo sólo le pagué tres metros y usted me dio seis.
-No- contestó don Lalo, -dile a tu mamá que lo que sobra es de pilón.

Malena se fue muy contenta y le contó a su mamá lo que había dicho don Lalo.
-Qué bueno es don Lalo Te dio un buen pilón de regalo- respondió la mamá de Malena.
Desde ese día todos los niños querían ir a comprar a la tienda de don Lalo. Y en vez de decirle don Lalo Malos Modos, todos le decían don Lalo Buenos Modos.

Después de mucho tiempo, el viejito aquel que se andaba ahogando en el arroyo regresó al pueblo y encontró a los niños jugando en el parque.
-Niños-les preguntó el viejito.
¿se acuerdan que ustedes me salvaron un día que me estaba ahogando en el arroyo?
-Sí- respondieron los niños.
-Bueno, pues les voy a pedir un favor: cuando ustedes sean grandes, traten bien a los niños. Hablen con ellos y explíquenles las cosas en vez de regañarlos, respétenlos y los niños también los respetarán.

El viejito desapareció y nunca más volvieron a verlo. Pero siempre se acordaron de la historia de don Lalo Malos Modos, que gracias al viejito se hizo muy amigo de los niños y todos lo querían mucho en el pueblo.
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Julio Máximo de Jesús Valentín, “Don Lalo malos modos” en Carlos Herrera (comp.), El pez con magia, cuentos y leyendas. México, SEP-Educal, 2006.
Lectura con 741 palabras.
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Leo y el misterio de los amuletos

Mi perro, Gandhi, sabe hablar ochenta y nueve lenguas y suele enrollarse como una persiana, pero hoy soy yo quien habla, Leo. Y todo para explicar lo que tienen que ver quince calzoncillos, la envidia y África.

Hacía días que soñaba con África, comía con África, vestía con África y hablaba con África. Mi madre tenía que viajar a Ouagadougou, la capital de Burkina Faso, un país del África subsahariana, para ir a un festival de teatro, y mi hermano Nao, Gandhi y yo también íbamos a acompañarla.
El día anterior a la partida, mis amigos vinieron a despedirse. Estaban muertos de envidia. Eric quería ir para ver animales salvajes. Laila, para tomarse fotos en paisajes
alucinantes. Y Gustavo, para conseguir un amuleto mágico. Entonces, entró mi madre y delante de ellos me dio quince calzoncillos nuevos para poner en la maleta, de esos con dibujos de niño pequeño. ¡Quince! Mis amigos se rieron un buen rato.
Yo sé que lo hacían porque estaban rabiosos por el viaje.
Les dije que les traería fotos de paisajes espectaculares y de animales salvajes, y, de paso, un amuleto para cada uno. Palabra de Leo.
El viaje en avión fue largo y pesado, sobre todo para Gandhi, que tuvo que viajar con los equipajes. Llegamos de noche y encontramos la ciudad medio a oscuras. Mi madre nos explicó que en Burkina Faso hay menos electricidad que en Europa. Nao, alarmada, preguntó si en el hotel donde nos alojaríamos funcionaría su computadora, ya que quería mandarle un correo electrónico a papá. Mamá le dijo que en todos los hoteles y en muchas casas de la cuidad sí tienen electricidad.
Al día siguiente me levanté con una sola idea: conseguir las fotos y los amuletos que había prometido. Así que decidí vestirme con la ropa perfecta para viajar por África. Me la había comprado con mis ahorros y me sentía muy orgulloso de ella. Gandhi, sonriendo, me detuvo:
–¿De veras piensas ir a desayunar así?
No le hice caso y me dirigí al restaurante del hotel. Todo el mundo me miraba. Pensé que era porque iba muy elegante. Pero cuando mamá y Noa me vieron y se echaron a reír, me di cuenta de que algo no funcionaba: ¡mi vestido de explorador, con sarakof incluido, me había disfrazado. Quise morirme de vergüenza.
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Anna Manso, Leo y el misterio de los amuletos. México, SEP-Intermón Oxfam, 2005.
Lectura con 387 palabras
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jueves, 17 de abril de 2014

Tener una familia

La familia es la gente que nos quiere
y vive con nosotros;

o la que, desde lejos,
nos piensa y nos protege;
la que nos da calor, comida, besos,
aunque nos diga, a veces:
“¡No puedes hacer eso!”
La familia
es como un gran paraguas
abierto ante la lluvia;
es leño y chimenea en el invierno
y en el verano pozo de agua fresca;
es un sofá,
un refugio,
una sonrisa,
una canción,
un hombro
y un pañuelo;
es una mano abierta,
es un abrazo fuerte,
es un regazo tibio…
Papá, mamá y hermanos
forman una familia, pero a veces
alguno de ellos falta
porque quizá se fue
o acaso nunca vino.
El abuelo o la abuela
también pueden ser jefes de familia
cuando papá y mamá se han ido
por una temporada o para siempre.
Hay que verlos entonces:
¡a pesar de sus años sacan fuerzas
y son, otra vez, soles
que alumbran y que abrigan!
Puede ser que a papá, mamá y abuelos
se sumen unas tías,
un primo y hasta el perro,
la gata y el canario.
Grandotota,
pequeña
o diminuta:
lo que en verdad importa
¡es que tengamos siempre una familia!
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Francisco Delgado Santos, “Tener una familia” en El mundo que amo. México, SEP-EuroMéxico, 2006
Lectura con 195 palabras
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La charca

Un rinoceronte que bebe en la charca. “¡Grump, glop!” (Mmm, ¡está deliciosa!)
Portada de "La charca".
Dos tigres que se relamen en la charca. “¡Grrrrrr!” (¡Dios mío! ¡Qué placer!)
Tres tucanes que graznan en la charca. “¡Croc, croc, croc!” (¡Es hora de divertirse, muchachos! ¡A beber!
Pero algo estaba sucediendo...
Cuatro leopardos que contemplaban la charca. “¡Rrrrrrr!” (Hum. Debemos tener cuidado, hermanos.)
La charca era cada vez más pequeña...
Cinco alces que se revuelcan en la charca. “¡Mu, mu, muuuuu!” (¡Eh! ¡No me metas la pata en la oreja!)
...y más pequeña... y más pequeña... hasta que un día, ni diez canguros tuvieron agua... no quedaba ni un agota de agua...
Y todos los animales se marcharon. Entonces una sombra ocultó el sol. Las nubes se arracimaron. Cayó...
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Graeme Base, La charca. México, SEP-Omega, 2004.
Lectura con 124 palabras
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miércoles, 16 de abril de 2014

Animales mexicanos

El águila arpía
Sólo en lo más profundo de las selvas tropicales se puede ver el águila arpía. Vive en lo alto de los árboles de algunas selvas de Veracruz y Chiapas.
Es fuerte y rápida. Se alimenta de animales que viven en los árboles, como monos y ardillas, pero también de aves y serpientes.
Cuando empolla, pone cuatro huevos manchados de amarillo. Los padres dan de comer a las crías hasta los diez meses. Después, los aguiluchos aprenden a volar y se alimentan por ellos mismos.
Como a muchos otros animales, el águila arpía le afecta la destrucción de su ambiente, la selva. Por eso ya son pocas las que vuelan por los cielos de México.
Eres águila arpía
que en el pico llevas flores,
en las alas azucenas
y en el corazón amores.

El falso vampiro
A pesar de su feo aspecto, este animal se alimenta sólo de frutos. No hace daño porque es un murciélago, no un vampiro.
Vive y come de noche porque pasa el día durmiendo en cuevas, colgado del techo con la cabeza para abajo.
Para volar en la oscuridad de la noche lanza unos silbidos que los humanos no podemos oír. El sonido choca con los objetos y rebota. Como el murciélago sí percibe ese sonido, se da cuenta dónde están las cosas y no choca con ellas.
El falso vampiro vive el Los Tuxtlas, una selva del estado de Veracruz.
Cada día se acaba un poco de selva, porque la queman o se tiran los árboles para meter ganado. De seguir la destrucción, llegará un momento en que el falso vampiro no volará nunca más por las noches.
Me dicen falso vampiro
porque me parezco a él;
pero no les haga caso,
no les vaya usted a creer.
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Arturo Ortega Cuenca, Animales mexicanos. México, SEP-CONAFE, 2002.
Lectura con 296 palabras
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El mejor premio del mundo

Vamos a leer la historia de un niño adoptado. El día en que, tal vez por primera vez, su madre y él hablan de cómo Jonás llegó a esa familia. Es una historia muy tierna.


Cuando Jonás recibió su carta se puso muy contento. Y, por primera vez, se la mostró a su mamá con todo y dibujo. Su mamá, entonces, habló con él y le explicó por qué eran diferentes él y ella.
Le contó que cuando se casó con su papá, todos los días esperaban que el bebé llegara pronto, muy pronto, más pronto.
Pero como Jonás no se decidía a llegar a esa familia, entonces tuvieron que salir a buscarlo. Le explicó que hay mamás y papás que deciden hacerlo de esa manera. Entonces su cara se iluminó como si tuviera el Sol adentro y sus ojos brillaron con el mismo brillo de la Luna. Jonás comprendió por qué se sentía tan diferente a su mamá, y también entendió que él tuvo la suerte de tener dos mamás: una que lo tuvo en su panza y otra que le dio todo su corazón. Y se sintió doblemente feliz, como tener muy juntos a la Luna y al Sol.
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María Baranda, “El mejor premio del mundo” en La risa de los cocodrilos. México, SEP-El Naranjo, 2008.
Lectura con 201 palabras
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¡Mira las caras!

Aterrorizado
Observa estos ojos desorbitados, fijos, saltones, como que quieren salirse. Mira esa boca abierta exhalando un grito, o un alarido, y los revueltos cabellos al viento. ¿Qué emociones expresa el rostro de este hombre? ¿Está enfurecido, aterrorizado o tal vez muerto de miedo por un ataque sorpresa?
Dibujos de Charles Le Brun
Charles Le Brun, realizó a lo largo de su vida cientos de bocetos de rostros que expresaban diferentes estados emocionales. Aquí vemos este cuadro, en que el leve sombreado de los trazos del lápiz contribuye a reforzar la sensación de miedo.
Cada uno de nuestros estados de ánimo se expresa en los gestos que hacemos. Pónganse frente a un espejo y jueguen a hacer caras: contentos, tristes, aterrorizados como este dibujo, coquetos, aburridos, etcétera. Fíjense cómo cambia su expresión.
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Gillian Wolfe, “¡Mira las caras!” en ¡Mira! El lenguaje corporal en la pintura. Barcelona-Serres, 2004.
Lectura con 127 palabras
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El señor que nunca alcanzó

Ayer leímos a un niño maya. Hoy vamos a leer a una niña náhuatl del Estado de México, que tenía doce años cuando escribió. Se llama Jacqueline Durán Aguilar y también ella tuvo que trabajar desde niña.


Tiene unos cinco años que mi abuelita me contó una leyenda, y así comienza: un señor que nunca se casó o juntó, siempre andaba solo, iba al campo, al tianguis y vendía lo que cosechaba. Un día se sentó debajo de un ocote y comenzó a contar su dinerito e iba apartando las monedas de poco valor y las iba echando en un lugar y el dinero de papel lo enredaba con su pañuelo rojo. Y así lo hacía, siempre lo iba echando y siempre se acordaba. Pensaba que cuando lo llenara entonces comenzaría a buscar su pareja. Y así pasaron los años y nunca alcanzó a llenar el cuescomate, su granero, y nunca alcanzó a una pareja y se hizo viejo. Entonces comenzó a regalar lo que tenía y a quienes se los regalaba les decía: nunca sean como yo, nunca digan que no alcanza, siempre piensen que sí se puede y pongan en su corazón que sí pueden y todo lo que realicen sí lograrán alcanzarlo.
Ahora mi mamá me dice que pongamos en el corazón que sí se puede, y así se lo dijeron mis abuelos y mis papás me dicen a mí. Hoy que voy a trabajar recuerdo siempre que debo pensar que sí lograré lo que pienso y así termina este cuento.
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Jaqueline Durán Aguilar, “El señor que nunca alcanzó” en Ivette González (antolog.), Niños y niñas indígenas. Las narraciones de niños y niñas indígenas Tomo II. México, SEP-Dirección General de Educación Indígena, 2001.
Lectura con 254 palabras.
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domingo, 6 de abril de 2014

Tarde otoñal en una vieja casa de campo

Vamos a leer un poema muy cortito y misterioso, de José Emilio Pacheco, que es un poeta mexicano. Lo vamos a leer dos veces, despacito, a ver si no nos asustamos.

Alguien tose en el cuarto contiguo,
un llanto quedo,
luego pasos inquietos,
conversaciones en voz baja.
Me acerco sigilosamente
y abro la puerta.
Como temía, como sabía, no hay nadie.
¿Qué habrán pensado al oírme cerca?
¿Me tendrán miedo los fantasmas?





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Rodolfo Fonseca et al., “Tarde otoñal en una vieja casa de campo” en Poesía a cucharadas. Antología de poesía mexicana del siglo XX. México, SEP-SM, 2004.
Lectura con 72 palabras
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Un pequeño cuento de horror

La casa que me heredó mi abuelo estaba llena de ruiditos que no me dejaban dormir, que me mordisqueaban el sueño. Eran astutos: en cuanto prendía la luz se escondían detrás de los muebles. Por
eso decidí comprar un silencio. Fui a la tienda y escogí el más feroz. “¡Qué le van a durar esos ruiditos!”, me dije, dejándolo acurrucado en la cocina. Y sí, en menos de una semana no hubo un ruido en toda la casa. Se sentía extraño que las puertas no rechinaran ni sonaran mis pasos en el pasillo, pero bueno, al menos podía descansar.
Estuve tranquilo durante unos quince días, hasta que de pronto descubrí que el silencio se estaba comiendo mis carcajadas. Indignado, lo llamé con la intención de darle una tunda, pero se escapó por entre las patas de una silla y, luego, por más que le hice: “¡Shshsh–shshsh! ¡Shshsh–shshsh!”, no quiso acercarse.
Desde entonces no he podido atraparlo. Ya no me tiene confianza. He tendido trampas y tratado de seducirlo con jugosos ruiditos, pero es demasiado astuto. Para colmo, creo que se está volviendo invisible. “No hay devoluciones”, es lo único que me dice el encargado de la tienda cuando le ruego que me ayude.
Cada día tengo menos esperanza de salir con bien de esta pesadilla. Ya casi no puedo hablar. Para proteger mis palabras prendo la radio incluso de noche, pero la verdad es que ni siquiera en la calle me atrevo a abrir la boca. Sé que me acecha, que sólo está esperando un descuido para dejarme mudo.
Lo que más me asusta es que alguna noche se me acerque sin que me dé cuenta y, de un mordisco, se coma los latidos de mi corazón.
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Alberto Forcada, Pequeño cuento de horror y otros relatos. México, SEP-CIDCLI, 2004.
Lectura con 289 palabras
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